Apuntes | Ruptura del orden internacional: interdependencia, poder y reconfiguración económica
Genís Roca nos comparte el discurso en el Foro Económico Mundial de Davos de. Mark Carney, quien parte de una idea fuerte: no estamos ante una transición ordenada del sistema internacional, sino ante una ruptura. El llamado “orden internacional basado en reglas” ya no funcionaría como marco efectivo. La interdependencia económica, que durante décadas se presentó como un espacio de beneficio mutuo, se está convirtiendo en un instrumento de presión, coerción y subordinación entre grandes potencias.
Ante este escenario, Carney sostiene que las potencias medias no pueden limitarse ni a esperar la restauración del viejo orden ni a encerrarse cada una en su propia “fortaleza”. Su propuesta pasa por reforzar capacidades internas (energía, industria, tecnología, defensa, finanzas) y, al mismo tiempo, tejer redes flexibles de cooperación: alianzas variables según los ámbitos, diversificación activa de socios y reducción consciente de dependencias estratégicas.
Es en este marco donde introduce el concepto de “realismo basado en valores”. Un enfoque que pretende combinar, por un lado, una afirmación clara de principios como la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza fuera del marco de la Carta de la ONU y el respeto de los derechos humanos; y, por otro, una lectura pragmática del mundo tal como es: intereses divergentes, relaciones de poder, vulnerabilidades cruzadas y cooperación selectiva.
Ahora bien, aquí es donde este discurso para mi abre también un interrogante relevante. Los “valores” que se formulan de manera explícita son sobre todo valores de orden y de límite: criterios de legitimidad mínima, de contención de la arbitrariedad y de diferenciación política. En cambio, valores como la justicia, la equidad, la reducción de desigualdades o la protección material de los más vulnerables quedan en un segundo plano muy difuso.
El núcleo del discurso no se centra en qué proyecto normativo debería sostener un nuevo orden internacional, sino en cómo operar en él: cómo reducir vulnerabilidades, cómo ganar capacidad de maniobra, cómo evitar la subordinación en un contexto de rivalidad estructural. La fortaleza interna se define principalmente en términos de capacidad económica, industrial, tecnológica y fiscal, más que en términos de contrato social, cohesión o justicia.
Esto sitúa este ‘realismo basado en valores’ más cerca de una ética de la responsabilidad —entendida como gestión de riesgos, preservación de capacidades y control de consecuencias— y de la seguridad, que de una ética de la justicia orientada a fines sustantivos como la equidad o la corrección de desigualdades. Y deja abierta una pregunta que parece central: ¿puede articularse un nuevo marco internacional legítimo si los valores que lo vertebran se reducen esencialmente al orden, la soberanía y la gestión del riesgo? ¿Dónde quedan, en esta reconstrucción, la justicia global, la equidad y la dimensión social de la cooperación?
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