Apuntes | IA y destrucción creativa: ¿sigue funcionando el mecanismo clásico?
La pregunta que plantea este artículo de Rafael Arenas García es más incómoda de lo que parece a primera vista: no si la inteligencia artificial destruye empleo, sino si el mecanismo clásico de la destrucción creativa sigue funcionando tal como se ha entendido tradicionalmente.
Desde Schumpeter, se ha asumido que el cambio tecnológico destruye actividades, empresas y puestos de trabajo, pero que ese mismo proceso genera otros nuevos, sostiene el crecimiento y, a medio plazo, mejora el bienestar agregado. El problema que señala Rafael Arenas no es que ese motor se haya detenido, sino que sus efectos se están distribuyendo de forma cada vez más desigual.
Los datos que maneja el artículo son claros: el volumen total de salarios sigue creciendo y la economía global continúa generando renta. Pero ese crecimiento se concentra en los tramos altos, mientras los salarios medios y bajos avanzan mucho más lentamente. La destrucción sigue existiendo; lo que se debilita es la parte “creativa” para amplias capas de la población.
Este desplazamiento tiene consecuencias que van más allá del mercado de trabajo. Cuando el progreso tecnológico deja de percibirse como una promesa compartida y se vive como un proceso selectivo, la desigualdad salarial se traduce en polarización social y política. No por un fallo coyuntural, sino porque el contrato implícito que sostenía la aceptación del cambio tecnológico empieza a resquebrajarse.
Leído así, el artículo no es una crítica a la tecnología ni un alegato contra la IA. Es una advertencia institucional: mientras el crecimiento continúe, el sistema puede absorber tensiones. Pero si el crecimiento se desacelera y la desigualdad persiste, la destrucción creativa corre el riesgo de convertirse en destrucción sin contrapesos, con efectos directos sobre la cohesión social y la estabilidad democrática.
Una lectura muy interesante para pensar el impacto de la IA no solo en términos de eficiencia o productividad, sino desde la perspectiva del reparto de riesgos y beneficios que sostiene —o erosiona— nuestras instituciones.
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