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Apuntes | Incertidumbre radical y mercado de trabajo: límites de la predicción ante la inteligencia artificial

En los debates sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo solemos buscar certezas que, simplemente, no existen. Ignasi Beltran de Heredia Ruiz lo formula con claridad: nos movemos en un terreno de incertidumbre radical, donde no hay patrones estables, ni recorridos previsibles, ni un pasado que permita anticipar cómo reaccionará el mercado de trabajo ante una tecnología que evoluciona más rápido que nuestras categorías analíticas. En ese escenario, las predicciones numéricas —al alza o a la baja— son tan frágiles como el propio objeto que pretenden explicar.

Esta mirada conecta con otra reflexión que ayuda a situar el debate en un marco más amplio. Ismael Peña-López recuerda que la IA no define un único destino, sino un abanico de futuros posibles. Como afirma en uno de sus textos: «la inteligencia artificial no describe lo que pasará, sino lo que podría pasar si no intervenimos». Es una invitación a entender que las tecnologías no “ocurren” por sí mismas; dependen de cómo las instituciones las regulen, de cómo las organizaciones las adopten y de qué capacidad tengamos para orientar sus efectos.

A este enfoque se suma una tercera perspectiva especialmente útil: la que propone la OCDE cuando describe cuatro futuros alternativos del trabajo (“OECD Employment Outlook – Four Scenarios for the Future of Work”). En ellos conviven trayectorias incompatibles entre sí —desde una automatización que desplaza empleo hasta un escenario inclusivo donde la tecnología amplifica capacidades— y todas son igualmente plausibles. La enseñanza de estos escenarios no es anticipar cuál se cumplirá, sino comprender que el rumbo depende menos de la tecnología que de las decisiones institucionales que tomemos hoy.

La combinación de estas tres miradas desplaza el foco: el verdadero reto no es anticipar cuántos empleos se destruirán o crearán, sino ó que ya están en marcha. El Derecho del Trabajo lleva décadas lidiando con cambios que no podían predecirse, articulando mecanismos para que las personas no queden desprotegidas mientras pasan de un estado a otro. La irrupción de la IA exige exactamente lo mismo: identificar qué transiciones serán más recurrentes, quién asumirá sus costes y cómo evitar que la incertidumbre se convierta en desigualdad.

Mirar la IA desde la incertidumbre de Beltrán y los escenarios abiertos de Peña y los futuros posibles de la OCDE no nos da respuestas automáticas, pero sí una brújula.

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