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Apuntes | Inteligencia artificial y trabajo: qué está cambiando realmente

En las últimas semanas han coincidido varios textos sobre inteligencia artificial y trabajo que, leídos juntos, dibujan un escenario menos claro de lo que sugiere el discurso dominante. No se trata solo de qué está pasando, sino de cómo se está construyendo el relato sobre lo que pasa.

La reflexión puede articularse a partir de la lectura cruzada de tres textos recientes. Por un lado, “AI and Jobs: Limited Disruption So Far”, publicado el 14 de abril de 2026 por Morgan Stanley, una entidad financiera global con fuerte capacidad de análisis macroeconómico. Por otro, “Tu trabajo se va a transformar. ¿Estás listo para el cambio?”, publicado el 15 de abril de 2026 por Lino Cattaruzzi, presidente de Google Iberia, como posicionamiento empresarial sobre el impacto de la IA. Y, en tercer lugar, el informe “What 81,000 people told us about the economics of AI”, publicado el 22 de abril de 2026 por Anthropic, que introduce la experiencia directa de los usuarios.

El primer texto fija un punto de partida analítico relativamente prudente. El impacto de la IA sobre el mercado de trabajo es, por ahora, limitado, concentrado y todavía difícil de medir con precisión. Los efectos aparecen sobre todo en trabajadores jóvenes y en tareas altamente automatizables, pero incluso ahí la evidencia es matizable. No hay, en este momento, una destrucción generalizada de empleo ni una ruptura clara con patrones históricos anteriores.

El segundo texto, en cambio, no se limita a describir el fenómeno, sino que construye su marco de interpretación. La cuestión deja de plantearse en términos de incertidumbre o de distribución del impacto y se reformula como una narrativa de transformación positiva. La IA no sustituye empleos, sino que redefine tareas; no genera un problema estructural, sino una oportunidad de adaptación; no exige una revisión del modelo, sino un esfuerzo de capacitación.

El tercer documento introduce un elemento que complica ambas perspectivas. A partir de una encuesta a más de 81.000 usuarios de IA, muestra que la experiencia real del trabajo con estas herramientas es ambivalente. Por un lado, los usuarios reportan aumentos significativos de productividad . Por otro, esos mismos usuarios expresan preocupación por la posible sustitución de sus puestos, especialmente en ocupaciones más expuestas y en etapas iniciales de la carrera profesional. No estamos ante una dicotomía entre beneficio y riesgo, sino ante una superposición de ambos. De hecho, quienes experimentan mayores incrementos de productividad son también quienes manifiestan mayor preocupación por la pérdida de empleo. La mejora en la eficiencia no elimina la incertidumbre, sino que, en algunos casos, la intensifica.

A este cuadro se añade un dato que resulta difícil de encajar con el relato dominante. Según el artículo “Thousands of CEOs admit AI had no impact on employment or productivity”, publicado en Fortune el 19 de abril, a partir de estudios del National Bureau of Economic Research, cerca del 90 % de las empresas encuestadas —más de 6.000 directivos en EE. UU., Reino Unido, Alemania y Australia— afirma que la inteligencia artificial no ha tenido impacto relevante ni en la productividad ni en el empleo en los últimos tres años, pese a que dos tercios dicen estar utilizándola. El uso, además, es limitado en términos operativos: en torno a una hora y media a la semana de media, y una parte significativa de empresas reconoce que no la utiliza realmente en el trabajo. Es decir, la presencia de la IA en el discurso no se corresponde todavía con su peso en la organización efectiva del trabajo. Parece que la tecnología está en todas partes, pero no aparece en las estadísticas. No porque no exista, sino porque no se ha integrado todavía de forma que transforme de manera efectiva la organización del trabajo.

Analizado todo en conjunto, el problema se vuelve más concreto. Por un lado, los datos agregados no muestran cambios claros. Por otro lado, quienes utilizan estas herramientas sí perciben transformaciones en su trabajo —más rapidez, más exigencia o más incertidumbre—. Y, al mismo tiempo, el discurso empresarial sigue anticipando un impacto profundo a corto plazo.

Este elemento pone de manifiesto que la transformación no puede leerse solo en términos agregados ni únicamente desde el discurso empresarial. Allí donde el análisis económico identifica un impacto todavía limitado pero potencialmente desigual, y el discurso tecnológico propone una narrativa de adaptación, la evidencia empírica sobre la experiencia de los usuarios muestra que el proceso ya está generando tensiones internas en el trabajo: más capacidad, pero también más exposición.

Además, el informe introduce otro elemento relevante: la distribución de los beneficios. Aunque muchos trabajadores perciben que la productividad revierte en ellos mismos, en forma de ahorro de tiempo o ampliación de tareas, también aparecen indicios de intensificación del trabajo, con empleadores que demandan más producción a partir de esas ganancias de eficiencia. La mejora técnica no se traduce automáticamente en mejora de condiciones, sino que abre un espacio de disputa sobre el destino de ese excedente.

Si se analizan las diferentes perspectivas, el resultado es más complejo que cualquiera de ellas por separado. Por un lado, los datos disponibles invitan a evitar diagnósticos simplistas y a reconocer la continuidad con otros ciclos tecnológicos. Por otro, el discurso dominante —impulsado en gran medida por las propias tecnológicas— tiende a estabilizar esa incertidumbre en una narrativa de transformación positiva centrada en la capacitación. Pero quizá el paso siguiente no sea «mejorar» ese relato, sino cambiar el foco del análisis. Porque el problema ya no es solo interpretar la transformación del trabajo, sino identificar dónde se está desplazando el centro de decisión.

Si la productividad se genera a partir de sistemas diseñados externamente, si las tareas se reorganizan en función de lo que esos sistemas permiten o incentivan, y si la capacitación se define en torno a su uso, entonces la transformación no se está produciendo únicamente en el contenido del trabajo, sino en su arquitectura. El poder de dirección ya no se ejerce solo a través de órdenes o estructuras organizativas clásicas, sino a través del diseño de las herramientas, de los flujos de trabajo y de los propios criterios de eficiencia. Desde esta perspectiva, la cuestión de quién construye el relato deja de ser secundaria. El modo en que se explica la transformación no es neutro: influye en qué soluciones se consideran razonables —por ejemplo, la formación individual— y cuáles quedan desplazadas, como la intervención colectiva o la regulación.

Y en ese contexto, el riesgo no es tanto equivocarse en el diagnóstico —si la IA destruirá más o menos empleo— como aceptar sin más un marco en el que la transformación se presenta como inevitable, la adaptación como responsabilidad individual y la redistribución de sus efectos como una cuestión posterior.

Quizá el verdadero problema no sea la transformación del trabajo, sino que esta se esté produciendo sin un espacio equivalente de deliberación sobre sus reglas, sus límites y sus efectos. Porque cuando el cambio se incorpora a sistemas que ordenan la prestación laboral, el problema ya no es la adaptación, sino la determinación de las condiciones bajo las que esos sistemas operan.

A partir de aquí, la perspectiva sindical introduce una perspectiva adicional que no aparece ni en el análisis económico ni en el discurso empresarial, pero que resulta imprescindible para entender el alcance real de la transformación. Si el centro de decisión se está desplazando hacia el diseño de sistemas, datos y criterios algorítmicos, la cuestión deja de ser únicamente cómo se adaptan las personas trabajadoras y pasa a ser cómo se gobiernan esos sistemas dentro de la empresa. No es solo un problema de empleo, sino de poder de organización del trabajo.

En este punto, la “Guía para la intervención sindical en la gestión algorítmica” de CCOO, que ha sido actualizada este mes de abril, según explica Fernando Rocha Sánchez, resulta especialmente clara al identificar que la inteligencia artificial no se limita a apoyar tareas, sino que puede asumir funciones clásicas de dirección: asignación de tareas, evaluación del rendimiento, organización del tiempo de trabajo o incluso decisiones con impacto disciplinario. Esto implica que la gestión algorítmica no es una herramienta neutral, sino una forma de reconfiguración del poder empresarial. Desde esta lógica, la adaptación ya no puede plantearse únicamente en términos de capacitación individual. La intervención sindical se sitúa en otro plano: acceso a la información, exigencia de explicabilidad, control de los datos utilizados, evaluación de impactos y, sobre todo, incorporación de estos sistemas a la negociación colectiva. No se trata de conocer la tecnología, sino de poder intervenir en sus condiciones de uso.

Además, la guía subraya que los riesgos no son hipotéticos: opacidad en los sistemas, sesgos que pueden reproducir o amplificar desigualdades, intensificación del trabajo y aumento de los mecanismos de control y vigilancia. Todo ello apunta a una misma dirección: sin mecanismos de transparencia y control, la introducción de la IA puede aumentar la asimetría entre empresa y personas trabajadoras.

En este punto, la cuestión deja de ser solo quién explica la transformación y pasa a ser quién puede influir en cómo se concreta. Porque mientras el discurso insiste en la adaptación individual, lo que está cambiando de verdad es cómo se organiza el trabajo en el día a día. Y eso no es un matiz menor. Si los sistemas que asignan tareas, miden el rendimiento o fijan ritmos vienen ya definidos, el margen de decisión no está en quien trabaja, sino en quien diseña esos sistemas. Aquí es donde lo colectivo vuelve a ser relevante. No para reaccionar después, sino para poder intervenir antes: en cómo se introducen estos sistemas, qué reglas siguen y qué efectos tienen.

Esta idea no es nueva. En otras entradas ya lo he abordado a partir de textos de Genís Roca o de Ismael Peña: no estamos ante un simple cambio tecnológico, sino ante un cambio en las reglas. No es solo que cambien las herramientas, es que cambia quién decide cómo se usan. Por eso, el problema no es solo si la inteligencia artificial transforma el trabajo. Es si esa transformación se está produciendo sin que se discutan las condiciones en las que se organiza.

Y, sin embargo, el debate público no se está construyendo desde ahí. De forma bastante llamativa, las voces que están liderando la conversación sobre el impacto de la inteligencia artificial en el trabajo no son tanto filósofos, juristas o responsables públicos, sino directivos de grandes compañías tecnológicas y sus propios informes. Son ellos quienes están definiendo el problema, fijando el lenguaje y anticipando las soluciones. Esto no significa que su análisis sea irrelevante. Pero sí que condiciona el marco en el que se discute la transformación: se habla de adaptación, de capacitación o de productividad, mucho más que de reglas, de poder o de organización del trabajo. Y quizá esa sea, precisamente, la primera cuestión a discutir.

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